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ba allá para casta ; pero no respondía palabra Don Quixote, y sacándole del todo, vieron que traía cerrados ios ojos , con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo , y desliáronle , y con todo esto no despertaba. Pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose bien , como si de algún grave , y profundo sueño despertara , y mirando á una y á otra parte, como espantado , dixo : Dios os lo perdone , amigos, que me habéis quitado de la mas sabrosa y agradable vida y vista , que ningún humano ha visto , ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer, que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, ó se marchitan como la flor del campo. ¡O desdichado Montesinos! ¡O mal ferido Dur and arte! ¡O sin ventura Belerma! ¡O lloroso Guadiana , y vosotras sin dicha hijas de Ruidera , que mostráis en vuestras aguas las que lloráron vuestros hermosos ojos! Con grande atención escuchaban el primo y Sancho las palabras de Don Quixote, que las decía como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese á entender lo que decia, y les dixese lo que en aquel infierno habia visto. ¿Infierno le llamáis? dixo Don Quixote, pues no le llaméis ansí, porque no lo merece , como luego veréis. Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendiéron la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron á la despensa de sus alforjas, y sentados todos tres en buen amor y compaña, merendáron y cenáron todo junto. Levantada la arpillera , dixo Don Quixote de la Mancha : no se levante nadie , y estadme , hijos, todos atentos.

CAPÍTULO XXIII.

De las admirables cosas que el extremado Don Quizóte contó j que habla visto en la profunda cueva de Montesinos 3 cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa.

as quatro de la tarde serian, qnando el sol entre nubes cubierto , con luz escasa y templados rayos dio lugar á Don Quixote , para que sin calor y pesadumbre contase á sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de Montesinos habia visto, y comenzó en el modo siguiente.

A obra de doce, ó catorce estados de la profundidad desta mazmorra y á la derecha mano se hace una concavidad y espacio , capaz de poder caber en ella un gran carro con sus muías. Entrale una pequeña luz por unos resquicios ? ó agujeros , que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo , á tiempo quando ya iba cansado y mohino de verme pendiente y colgado de la soga caminar por aquella escura región abaxo, sin llevar cierto, ni determinado camino, y así determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces , pidiéndoos que no descolgásedes mas soga, hasta que yo os lo dixese; pero no debístes de oirme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca ó rimero > me senté sobre él pensativo ademas, considerando lo que hacer debia para calar al fondo , no teniendo quien me sustentase : y estando en este pensamiento y confusión, derepente y sin procurarlo me salteó un sueño profundísimo > y quando ménos lo pensaba, sin saber como, ni como no , desperté del, y me hallé en la mitad del mas bello , ameno y deleyto» so prado , que puede criar la naturaleza, ni imaginar la mas discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos , y vi que no dormia, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto me tenté la cabeza, y los pechos por certificarme, si era yo mismo el que allí estaba , ó alguna fantasma vana y contrahecha ; pero el tacto , el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacia, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego á la vista un Real, y suntuoso Palacio, ó Alcázar, cuyos muros y paredes parecian de transparente y claro cristal fabricados : del qual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía, y hacia mí se venia un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial de raso verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra , y la barba canísima le pasaba de la cintura: no traía arma ninguna , sino un rosario de cuentas en la mano mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de abestruz : el continente, el paso , la gravedad y la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas , me suspendiéron y admiraron. Llegóse á mí, y lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme: luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quixote de la Mancha , que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos : hazaña solo guardada pa

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ra ser acometida de tu invencible corazón , y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo, señor clarísimo , que te quiero mostrar las maravillas que este transparente Alcázar solapa , de quien yo soy Alcayde y Guarda mayor perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre. Apénas me dixo que era Montesinos , quando le pregunté, si fué verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba , que él habia sacado de la mitad del pecho con una pequeña daga el corazón de su grande amigo Durandarte, y llevádole á la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decian verdad, sino en la daga, porque no fué daga , ni pequeña, sino un puñal buido, mas agudo que una lezna. Debia de ser, dixo á este punto Sancho , el tal puñal de Ramón de Hoces, el Sevillano. No sé , prosiguió Don Quixote; pero no sería dése puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesválles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años, y esta averiguación no es de importancia, ni turba, ni altera la verdad y contexto de la historia. Así es, respondió el primo, prosiga vuesa merced, señor Don Quixote, que le escucho con el mayor gusto del mundo. No con menor lo cuento yo , respondió Don Quixote, y así digo , que el venerable Montesinos me metió en el cristalino Palacio, donde en una sala baxa , fresquísima sobre modo y toda de alabastro estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el qual vi á un caballero tendido de largo á largo , no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho , como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne, y de puros huesos. Tenia la mano derecha (que á mi parecer es algo peluda y nervosa (señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón, y antes que preguntase nada á Montesinos , viéndome suspenso , mirando al del sepulcro, me dixo : este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo: tiénele aquí encantado como me tiene á mí, y á otros muchos y muchas, Merlin , aquel Francés encantador , que dicen que fué hijo del diablo , y lo que yo creo es , que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto mas que el diablo. El como , ó para que nos encantó , nadie lo sabe y ello dirá andando los tiempos , que no están muy,lejos , según imagino. Lo que á mí me admira es, que sé tan cierto , como ahora es de dia , que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos, y en verdad que debia de pesar dos libras, porque según los Naturales, el que tiene mayor corazón, es dotado de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así , y que realmente murió este caballero ¿como ahora se queja , y sospira de quando en quando, como si estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte , dando una gran voz, dixo:

O mi primo Montesinos\
lo postrero que os rogaba,
que quando yo fuere muerto,
y mi anima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.

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