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CAPÍTULO XXXVIII.

Los institutos religiosos son otro de los puntos en que el Protestantismo y el Catolicismo se hallan en completa oposicion : aquel los aborrece, este los ama; aquel los destruye, este los plantea y fomenta; uno de los primeros actos de aquel donde quiera que se introduce, es atacarlos con las doctrinas y con los hechos, procurar que desaparezcan inmediatamente; diríase que la pretendida Reforma no puede contemplar sin desazonarse aquellas santas mansiones, que le recuerdan de continuo la ignominiosa apostasía del hombre que la fundó. Los votos religiosos, particularmente el de castidad, han sido el objeto de las mas crueles invectivas de parte de los protestantes; pero es menester reflexionar que lo que dicen ahora y se ha repetido durante tres siglos, no es mas que un eco de la primera voz que se levantó en Alemania. ¿Y sabeis lo que era esa voz? era el grito de un fraile sin pudor, que penetraba en el santuario y arrebataba una víc

tima. Todo el aparato de la ciencia para combatir un dogma sacrosanto, no será bastante á encubrir un orígen tan impuro. Al través de la exaltacion del falso profeta, se trasluce el fuego impúdico que devoraba su corazon.

Obsérvese de paso, que lo propio sucedió con respecto al celibato del clero: los protestantes no pudieron sufrirle ya desde un princio, le condenaron sin rebozo, procuraron combatirle con cierta ostentacion de doctrina; pero en el fondo de todas las declamaciones ¿qué se encuentra? el grito de un sacerdote que se ha olvidado de sus deberes, que se agita contra los remordimientos de su conciencia, que se esfuerza en cubrir su vergüenza, disminuyendo la fealdad del escándalo con las ínfulas de una ciencia mentida.

Si una conducta semejante la hubiesen tenido los católicos, todas las armas del ridículo se habrian empleado para cubrirla de baldon, para sellarla con la ignominia que merece; ha sido necesario que fuese el hombre que declaró guerra á muerte al Catolicismo, para que á ciertos filósofos no les inspirasen el mas profundo desprecio las peroratas de un fraile, que por primer argumento contra el celibato, profana sus votos y consuma un sacrilegio. Los demas perturbadores de aquel siglo imitaron el ejemplo de su digno maestro, y todos pidieron y exigieron á la Escritura y á la filosofía, un velo para cubrir su miseria. Merecido castigo, que la obcecacion del

entendimiento resultase de los extravíos del corazon; que la impudencia solicitase el acompañamiento del error. Nunca se muestra mas villano el pensamiento que cuando por excusar una falta se hace su cómplice; entonces no yerra, se prostituye.

Ese odio contra los institutos religiosos lo ha heredado del Protestantismo la filosofía; y así es que todas las revoluciones promovidas y dirigidas por los protestantes ó filósofos, se han señalado por su intolerancia contra la institucion, y por la crueldad con los miembros de ella. Lo que la ley no hizo lo consumaron el puñal ó la tea incendiaria; y los restos que pudieron salvarse de la catástrofe viéronse abandonados al lento suplicio de la miseria y del hambre.

En este punto como en muchos otros, se manifiesta con la mayor claridad que la filosofía incrédula es hija de la reforma. No cabe prueba mas convincente que el paralelo de las historias de ambas, en lo tocante á la destruccion de los institutos religiosos: la misma adulacion á los reyes, la misma exageracion de los derechos del poder civil, las mismas declamaciones contra los pretendidos males acarreados á la sociedad, las mismas calumnias; no hay mas que cambiar los nombres y las fechas; con la notable particularidad, de que en esta materia apenas se ha dejado sentir la diferencia que consigo debian traer la mayor tolerancia y la suavidad de costumbre de la época.

¿Y es verdad que los institutos religiosos sean cosa tan despreciable, como se ha querido suponer? ¿es verdad que no merezcan siquiera llamar la atencion, y que todas las cuestiones á ellos tocantes, queden completamente resueltas con solo pronunciar enfáticamente la palabra fanatismo? El hombre observador, el verdadero filósofo, ¿ nada podrá encontrar en ellos que sea digno objeto de investigacion? Difícil se hace creer, que á tanta nulidad puedan reducirse instituciones que tienen una grande historia, y que conservan todavía una existencia, pronóstico de un ancho porvenir; difícil se hace el creer, que instituciones semejantes no sean altamente dignas de llamar la atencion, y que su estudio haya de carecer de vivo interes y de sólido provecho. Al encontrarse con ellas en todas las épocas de la historia eclesiástica, al tropezar en todas partes con sus recuerdos y monumentos; al verlas todavía en las regiones del Asia, en los arenales del Africa, y en las ciudades y soledades de la América, al notar como después de tan recios contratiempos se conservan con mas o menos prosperidad en muchos países de Europa, retoñando aun en aquellos terrenos donde al parecer se habia cortado mas hondamente la raíz, despiértase naturalmente en el ánimo una viva curiosidad de examinar este fenómeno, de investigar cuál es el orígen, el espíritu y carácter de instituciones tan singulares; pues que aun antes de internarse en la cuestion, colúmbrase desde luego

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